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Cómo elegir una empresa de diseño web: las preguntas que la delatan

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Cómo elegir una empresa de diseño web: las preguntas que la delatan

Antes de llamar a nadie, decida qué tiene que ganar la web

La pregunta con la que casi todo el mundo empieza es cuál de estas empresas dibuja la página de inicio más bonita, y es la pregunta equivocada. La buena es más incómoda y mucho más útil: cuál de ellas es capaz de construir algo que le traiga más clientes de los que cuesta. Son dos criterios distintos, y solo el segundo se puede comprobar dentro de un año con la agenda o la caja en la mano.

Por eso, antes de pedir presupuestos, coja un papel y escriba en una sola línea el trabajo concreto que tiene que hacer la web: citas reservadas, llamadas al teléfono, pedidos online o solicitudes de gente que de verdad puede comprar. Parece un ejercicio menor, pero cambia todas las conversaciones que va a tener después, porque una empresa que escucha «necesito diez consultas al mes de reformas de cocina» presupuesta de una manera y una empresa que escucha «quiero algo moderno» presupuesta de otra, casi siempre con más adjetivos y menos cifras.

Con esa línea escrita, la cuenta sale sola y no hace falta saber nada de tecnología para hacerla. Imagine una clínica en la que un paciente nuevo deja alrededor de 400 dólares de beneficio y en la que, de cada tres personas que preguntan, una acaba reservando. Diez consultas al mes son tres o cuatro pacientes, es decir, entre 1.200 y 1.600 dólares mensuales que antes no entraban, así que una web de 6.000 dólares se paga sola en cuatro o cinco meses. Ese número, y no su gusto por un tipo de letra, es el que fija el presupuesto sensato. La condición honesta es que la gente llegue a la web, porque si nadie la encuentra la cuenta no ocurre y entonces una parte de ese dinero pertenece al marketing y no al diseño.

Si todavía no sabe responder qué tiene que ganar la web, no está listo para comprarla, y no pasa nada por reconocerlo. Una empresa seria dedicará la primera reunión a ayudarle a poner ese número sobre la mesa antes de hablar de colores, mientras que una floja venderá alrededor de la pregunta sin llegar a tocarla. Ese primer filtro no cuesta dinero y descarta a más candidatos que cualquier prueba técnica, así que conviene usarlo el primero. Cuando la respuesta está clara, el trabajo de diseño y construcción deja de ser una compra a ciegas y pasa a ser una inversión con una cifra al lado.

Los cuatro tipos de proveedor que va a encontrar, y a quién le conviene cada uno

En cuanto empiece a pedir precios verá que le responden cuatro clases de proveedor muy diferentes entre sí, aunque todos digan «hacemos webs». Conviene saber quién es quién antes de comparar cifras, porque comparar el presupuesto de uno con el de otro sin entender la diferencia es lo que hace que la gente elija mal.

  • El profesional independiente. Una sola persona que diseña y programa, con una tarifa que suele ir de 15 a 60 dólares la hora. Trato directo, decisiones rápidas y sin capas intermedias, que para un negocio pequeño es una ventaja real y no un consuelo.
  • El estudio pequeño, de tres a ocho personas. Normalmente un diseñador, uno o dos programadores y alguien que lleva el proyecto y le contesta el correo, entre 40 y 100 dólares la hora. Es el punto donde hay especialización suficiente sin que usted pague la estructura de una empresa grande.
  • La agencia completa. Añade estrategia, marca, redacción y marketing, con tarifas de 90 a 200 dólares la hora. Tiene sentido cuando hay varias marcas, varios idiomas, un comité que aprueba las cosas o una campaña que va detrás del lanzamiento.
  • La tienda de plantillas. Revende un diseño ya hecho, le cambia los colores, mete sus textos y sus fotos y lo publica. Es rápido y barato, y para determinados negocios es exactamente lo que hace falta, siempre que le digan con claridad que eso es lo que están vendiendo.

La regla de encaje es sencilla y no siempre gusta oírla. Una barbería, una consulta con una sola sala o una panadería que abre este año casi siempre están mejor servidas por un buen profesional independiente o por un montaje sobre plantilla de entre 1.200 y 2.500 dólares, y pagarle 9.000 a una agencia por ese mismo encargo es gastarse el dinero del dueño en algo que no le va a devolver un cliente más. Lo que sube el listón no es el tamaño del negocio sino la complejidad de lo que la web tiene que hacer.

La ruta más barata tiene un riesgo real y merece la pena decirlo sin rodeos: depende de una sola persona. Si esa persona se pone enferma, cambia de trabajo o se satura con otro cliente, su web se queda sin nadie que la toque. Pregúnteselo tal cual en la primera llamada, «¿qué le pasa a mi web si usted está de baja tres semanas?», y escuche si hay una respuesta preparada, con un compañero de apoyo y los accesos documentados, o si es la primera vez que alguien se lo plantea.

Hay un momento en el que el problema deja de ser una web. Si necesita reservas con calendario, socios que entran con usuario y contraseña, un panel donde su equipo consulta datos o un stock que tiene que hablar con el programa de facturación, ya no está comprando páginas sino una aplicación con la que se trabaja todos los días, y eso se presupuesta y se planifica de otra forma. Conviene detectarlo antes de firmar, porque encajar una necesidad de este tipo dentro de un proyecto vendido como web sencilla es el origen de la mitad de los proyectos que se tuercen.

Un apunte que evita confusiones: que una empresa sepa hacer una aplicación para móvil o un asistente automático no la convierte por defecto en la mejor opción para su web. Son oficios vecinos, no el mismo oficio, y el portafolio le dirá en cuál de los dos tiene músculo de verdad.

Por qué un presupuesto dice 2.000 y el siguiente 12.000 por la misma web

Un presupuesto no pone precio a un nivel de calidad, pone precio a un alcance. Cuando dos cifras que parecen del mismo trabajo se separan tanto, lo habitual no es que una empresa sea cara y la otra barata, sino que están describiendo dos trabajos distintos con el mismo nombre. Estas son las bandas con las que trabajamos y las que vemos en el mercado, entendiendo que cada país mueve los números arriba o abajo.

  • Una sola página de aterrizaje, pensada para una campaña o un servicio concreto: de 500 a 1.200 dólares.
  • Una web de presentación sobre plantilla, de 5 a 8 páginas: de 1.200 a 2.500 dólares.
  • Una web con diseño propio y gestor de contenidos, de 10 a 20 páginas, es decir, con un panel desde el que usted mismo cambia textos y fotos: de 4.000 a 12.000 dólares.
  • Una tienda online con cobros y envíos: de 8.000 a 25.000 dólares.
  • Un sistema de reservas o un portal de clientes: de 20.000 a 45.000 dólares.

Lo que separa una cifra baja de una alta casi nunca aparece escrito, así que conviene buscarlo a mano. En el número barato suelen faltar la redacción de los textos, las fotografías, el traslado de los contenidos de la web antigua, las integraciones de pago o de reservas, la formación para que usted sepa usar el panel, las pruebas en teléfonos reales y cualquier tipo de soporte después del lanzamiento. Ninguna de esas cosas desaparece porque no esté en el presupuesto: se convierte en trabajo suyo o en una factura posterior.

Hay una comprobación que puede hacer en la propia mesa de reunión, con el móvil y treinta segundos. Divida el importe entre una tarifa horaria razonable, entre 40 y 100 dólares según el tipo de proveedor, y pregúntese si con esas horas se puede construir honestamente lo que describe la propuesta. Un presupuesto de 2.000 dólares a 75 la hora son unas 26 horas de trabajo, que dan para montar una plantilla decente y poco más, mientras que 7.500 dólares a esa misma tarifa son unas 100 horas, aproximadamente dos semanas y media de una persona a jornada completa. Si alguien le ofrece las 100 horas de trabajo por el precio de las 26, no está siendo generoso, sino que ha entendido otro encargo o piensa recortar por algún sitio que usted todavía no ve.

Precio habitual del primer proyecto por tipo de web
Puntos medios habituales por tipo de proyecto. Son las bandas con las que presupuestamos y las que vemos en el mercado, y cada país las mueve hacia arriba o hacia abajo.

Nosotros presupuestamos estos proyectos todas las semanas, así que lo decimos con conocimiento de causa y sin adornarlo: en Linkysoft hay encargos que rechazamos o que devolvemos convertidos en algo más pequeño, porque cuando el trabajo que hace falta cabe en una plantilla bien montada, cobrar por un desarrollo a medida sería vender aire. Si quiere contrastar cifras antes de sentarse con nadie, aquí tiene lo que cuesta de verdad una web explicado línea a línea.

Las preguntas que delatan a una buena empresa, y las respuestas que deben preocuparle

Esta es la parte que de verdad decide la contratación. No hace falta que entienda de tecnología para usarla, porque lo que revela a un proveedor no es la respuesta técnica sino la rapidez y la concreción con la que contesta. Haga estas preguntas tal como están escritas y escuche con atención.

¿Quién va a hacer exactamente el trabajo, y puedo hablar con esa persona antes de firmar?

Lo que quiere oír: un nombre para el diseño, otro para la programación y quince minutos de llamada con ellos antes de firmar nada. Lo que debe preocuparle: «tenemos un equipo». Eso no es una respuesta, y en bastantes casos significa que quien le vende el proyecto no es quien lo va a hacer, sino que lo subcontratará a alguien que usted no conocerá nunca. No hay nada malo en subcontratar, siempre que se lo digan.

¿Puede enviarme cinco webs suyas de los últimos dieciocho meses que sigan funcionando hoy?

Lo que quiere oír: cinco enlaces reales que pueda abrir usted mismo. Lo que debe preocuparle: capturas de pantalla, un carrusel de imágenes bonitas o trabajos de hace seis años. Ábralos en su propio teléfono y cuente: si dos o más están caídos, se ven rotos o tardan una eternidad en cargar, eso es un anticipo bastante fiel de cómo estará su web dentro de dos años.

¿Qué no incluye este precio?

Lo que quiere oír: una lista rápida y detallada, porque quien ha hecho muchos proyectos sabe de memoria dónde aparecen los costes extra. Lo que debe preocuparle: «está todo incluido». Nunca está todo incluido, y esa frase suele traducirse en una discusión incómoda en la semana siete.

¿Quién escribe los textos y consigue las fotos?

Lo que quiere oír: una respuesta concreta, con nombre y con precio si lo hacen ellos. Lo que debe preocuparle: un silencio o un «ya nos lo pasará usted» dicho de pasada. Esta pregunta, que parece la más tonta de la lista, es la que decide si lanza en diez semanas o en diez meses.

¿Cuántas rondas de cambios de diseño incluye, y qué cuesta un cambio a partir de ahí?

Lo que quiere oír: dos o tres rondas en la fase de diseño y las siguientes facturadas a su tarifa horaria, que es la norma justa del mercado. Lo que debe preocuparle: «revisiones ilimitadas», que casi siempre significa una de dos cosas, que el precio se infló para cubrirlas o que la palabra ronda no tiene ninguna definición acordada, y ahí es donde nacen las peleas.

¿Qué pasa cuando no nos ponemos de acuerdo sobre un diseño?

Lo que quiere oír: un proceso de decisión atado al objetivo de la web, del tipo «lo resolvemos mirando qué versión ayuda más a que el visitante pida cita». Lo que debe preocuparle: «el cliente siempre tiene razón», que suena bien y en la práctica significa que nadie va a defender el resultado cuando su cuñado opine sobre el color del botón.

¿Cuál es su tiempo de respuesta cuando algo se rompe?

Lo que quiere oír: respuesta el mismo día laborable para los mensajes normales y entre 4 y 24 horas cuando la web está caída o ha dejado de aceptar pedidos, con una persona concreta a la que llamar. Lo que debe preocuparle: un buzón compartido y ninguna cifra. Pregunte sin vergüenza a quién llama a las nueve de la noche si los pedidos dejan de entrar, porque el día que ocurra querrá tener ese teléfono.

¿Puedo hablar con un cliente cuyo proyecto salió mal?

Lo que quiere oír: un momento de incomodidad y luego un nombre, con una explicación de qué pasó y qué cambiaron después. Lo que debe preocuparle: la negativa envuelta en confidencialidad. La disposición a contestar esta pregunta vale más que cualquier insignia de premio en el pie de página.

Cuando alguien le cuente lo que consiguió para otro cliente, pida verlo escrito con cifras y fechas, no de palabra. Los proyectos publicados con su contexto, sus decisiones y sus resultados, como los que reunimos en nuestros casos de estudio, sirven justo para eso: comprobar si lo que le están contando en la reunión existe fuera de la reunión.

Lea la propuesta como un contrato, porque dentro de un mes lo será

El documento que le envíen después de la primera reunión acabará siendo la referencia cuando haya una discusión, así que léalo con esa idea en la cabeza. Compruebe que dice cuántas páginas incluye, qué funciones concretas trae, cuántas rondas de cambios entran, en qué fecha se lanza y qué ocurre si una de las dos partes se retrasa. Si falta alguno de esos cinco datos, pídalos por escrito antes de firmar, y la respuesta le dirá más del proveedor que el propio documento.

Sobre el número de páginas conviene bajar a tierra. La mayoría de los negocios pequeños arrancan perfectamente con entre 5 y 9 páginas, y cada página adicional suele sumar entre 150 y 400 dólares al precio, así que un plan de treinta páginas no es ambición sino coste. En la práctica, esos planes terminan casi siempre en veinte páginas con texto de relleno que sigue vacío un año después, y una web con menos páginas y todas terminadas vende bastante más que una grande a medio hacer.

El calendario de pagos protege a las dos partes cuando está bien repartido. Un esquema sano es 30 por ciento a la firma, 40 por ciento a la aprobación del diseño y 30 por ciento en el lanzamiento, o la variante 40, 40 y 20. Pagar el 100 por cien por adelantado le deja sin la única palanca que tiene si el proyecto se enfría, y el extremo contrario tampoco le conviene: un proveedor que no pide ninguna señal suele colocar su proyecto al final de la cola, detrás de todos los clientes que sí han pagado algo.

Vigile dos expresiones que parecen inocentes y no lo son. La primera es «y similares», como en «formulario de contacto y similares», y la segunda es «por definir». Las dos hacen lo mismo, que es mover un coste del presupuesto que usted ha aceptado a una factura que todavía no ha visto. Pida que el alcance se escriba en cosas que se puedan señalar con el dedo: «un formulario de reservas que funciona y envía un correo de confirmación al cliente y otro a la clínica» es un compromiso verificable, mientras que «diseño moderno y adaptable» no significa nada que se pueda reclamar.

De quién es la web el día en que usted se marcha

Esta sección se la salta casi todo el mundo y es la que más dinero ahorra a medio plazo, porque un día cambiará de proveedor y ese día se verá quién tiene las llaves. Son cinco cosas y todas deben estar a su nombre.

  1. El dominio, registrado con su nombre y con un correo suyo, nunca con el del proveedor.
  2. La cuenta de alojamiento, facturada a su empresa, aunque la gestione otra persona.
  3. El código, guardado en un repositorio al que usted pueda entrar, que es simplemente el almacén donde vive el programa de su web.
  4. La cuenta de administrador principal del gestor de contenidos, es decir, el usuario que puede crear y borrar a los demás usuarios.
  5. Los archivos de diseño exportados, para que otro equipo pueda continuar en lugar de empezar de cero.

Lo que hay detrás de esta lista se llama dependencia del proveedor y se entiende mejor con un ejemplo que con una definición. Si le construyen la web sobre un sistema que solo ellos pueden editar, cambiar de empresa no consiste en mudarse sino en volver a construir, y recrear un trabajo que usted ya pagó una vez suele costar entre 500 y 2.000 dólares. No es una catástrofe, pero es dinero tirado por no haber leído un párrafo a tiempo.

La solución es una sola frase en el contrato, escrita antes de firmar: al recibir el pago final, el dominio, el alojamiento, el código, los accesos de administrador y los archivos de diseño quedan en propiedad del cliente. Una empresa que trabaja bien le entrega las llaves sin dramatismo y sin sentirse atacada por la pregunta, porque su plan para retenerle es hacer buen trabajo, no quedarse con su dominio.

Tres cosas que una web barata se salta en silencio: velocidad, móviles y ser encontrado

Hay tres partes del trabajo que no se ven en las capturas de pantalla y que son exactamente las que se recortan cuando el precio aprieta. No las echará de menos el día del lanzamiento, sino tres meses después, cuando la web esté online y sin embargo no pase nada.

La velocidad. El objetivo razonable es que el contenido principal aparezca en menos de unos 2,5 segundos en un teléfono normal con datos móviles, no en el portátil del diseñador conectado a la fibra de la oficina. En los rediseños que hacemos, pasar una página de inicio de unos 6 segundos a unos 2 suele subir entre una quinta parte y un tercio la proporción de visitantes que llegan a ver una segunda página, y esa gente que se queda es de donde salen las llamadas.

Los móviles. En negocios locales como clínicas, restaurantes, oficios y comercios vemos habitualmente que entre el 60 y el 80 por ciento de las visitas llegan desde un teléfono, así que el móvil no es una versión secundaria de la web, es la web. Abra el portafolio de cada candidato en su propio teléfono antes de la reunión, no en el ordenador, y verá diferencias que en pantalla grande no se notan.

Que le encuentren. El trabajo básico de posicionamiento no tiene misterio: títulos de página que se entiendan, texto real escrito para personas, carga rápida y una ficha de negocio bien rellenada en los mapas. Con eso empieza a llegar gente. Quien le garantice el primer puesto en Google le está vendiendo algo que no controla, porque ese orden lo decide un buscador que no acepta acuerdos, y a partir de ahí lo que hace falta es un trabajo continuado de visibilidad con resultados medibles mes a mes.

Se recortan también tres detalles pequeños que se pagan caros después: la medición, para que usted pueda ver cuántas consultas llegan y desde dónde; un formulario de contacto que de verdad entregue los correos, algo que hay que probar y que falla más de lo que parece; y un contraste y un tamaño de letra legibles, porque si sus clientes tienen sesenta años una tipografía gris claro de cuerpo pequeño le está costando ventas cada día.

Cuánto tarda de verdad, y quién provoca el retraso

Los plazos honestos son estos, y sirven tanto para exigir como para no exigir de más: una web de presentación se hace en 3 a 6 semanas, una web con diseño propio y gestor de contenidos en 8 a 14 semanas, y una tienda online en 10 a 20 semanas. Cuando alguien le promete la mitad de ese tiempo, o va a usar una plantilla sin decírselo o va a saltarse las pruebas.

Dentro de un proyecto de doce semanas, el reparto habitual permite sujetar el calendario semana a semana en lugar de esperar al final y confiar. Suelen ser 2 semanas de descubrimiento y planificación, 3 de diseño y aprobación, 4 de construcción e integraciones, 2 de contenidos y revisiones y 1 de pruebas y lanzamiento.

Reparto de un proyecto de doce semanas
Reparto típico de un proyecto de doce semanas por fases, en semanas. Sirve para pedir cuentas en cada tramo en lugar de descubrir el retraso en la última semana.

Ahora la parte incómoda, dicha con cariño: en la mayoría de proyectos el retraso no lo causa la programación, lo causan los textos, las fotos y las contraseñas del cliente. Y hay un efecto que sorprende a mucha gente, que es que dos semanas esperando contenidos no mueven el lanzamiento dos semanas, sino bastante más, porque en ese hueco el equipo se compromete con otros clientes y su proyecto tiene que volver a encontrar sitio en la agenda.

La forma de evitarlo es empezar los contenidos antes que el diseño, no después. Calcule entre 6 y 10 horas de su propio tiempo por cada 5 páginas para reunir textos, fotos y accesos, o entre 80 y 200 dólares por página si prefiere que alguien los escriba por usted, que para un negocio con poca gente casi siempre sale más barato que el retraso. Póngalo en el calendario el mismo día que firme, porque es la única parte del proyecto que depende solo de usted.

Las facturas que empiezan el día del lanzamiento

Una web no es una compra que termina, es algo que se mantiene, y los presupuestos que ocultan esa parte están escondiendo el coste real. Las cifras corrientes son fáciles de recordar: el dominio cuesta entre 10 y 20 dólares al año, el alojamiento entre 10 y 60 dólares al mes para una web de empresa normal y entre 30 y 300 al mes para una tienda con tráfico, a lo que hay que sumar las actualizaciones.

Para el mantenimiento hay una regla que funciona bien: reserve entre el 5 y el 15 por ciento del coste de construcción cada año. Sobre una web de 6.000 dólares eso son de 300 a 900 dólares anuales para tenerla actualizada, con copias de seguridad y vigilada, que comparado con el coste de recuperarla después de un problema es de las cosas más rentables que va a contratar.

Sobre seguridad, la realidad es menos cinematográfica de lo que se cuenta. La mayoría de las webs pequeñas que acaban infectadas no sufren un ataque dirigido contra su negocio, sino que entran por un componente antiguo que llevaba meses sin actualizar y que un programa automático encontró rastreando internet. Por eso las actualizaciones no son un extra del mantenimiento, son prácticamente toda la defensa, y cuando el negocio maneja datos de clientes o cobros conviene revisarlo con alguien que se dedique a la seguridad en lugar de confiarlo al azar.

Dos cobros que conviene mirar con lupa. El primero es que le facturen un certificado de seguridad, ese candado que aparece junto a la dirección, porque hoy la mayoría de alojamientos lo incluyen gratis y ver 150 dólares al año por ese concepto es una señal de que el resto de la factura también merece revisión. El segundo es una cuota de soporte que no compra horas: si nadie le dice cuántas horas al mes incluye y qué pasa con las que no use, está pagando por tranquilidad y no por trabajo. Si quiere comparar antes de decidir, aquí explicamos el alojamiento y los gastos recurrentes con números.

Pruébelos con un encargo pequeño y pagado antes de entregarles el proyecto entero

Hay una forma de reducir casi todo el riesgo de esta decisión y cuesta poco dinero: contrate primero un trabajo pequeño y pagado. Una sesión de descubrimiento o el diseño de una sola página, entre 500 y 1.500 dólares y de una a dos semanas, y en muchos casos ese importe se descuenta después del proyecto completo, así que ni siquiera es dinero perdido si sigue adelante con ellos.

Lo que compra ahí no es la página, es información sobre cómo trabajan. Va a ver si contestan el correo en horas o en días, si cumplen una fecha pequeña, si le hacen preguntas sobre sus clientes y su forma de vender o solo sobre qué colores le gustan, y si lo que le entregan viene explicado o simplemente enviado. Un proveedor que falla una entrega de dos semanas no va a cumplir una de catorce.

Si tiene dos finalistas y no consigue decidirse, deles el mismo encargo, el mismo día de entrega y la misma información, y después juzgue más por las preguntas que le hicieron que por el dibujo que le enseñaron. La empresa que le preguntó de dónde vienen hoy sus clientes y cuánto vale cada uno entendió el problema, mientras que la que solo preguntó qué webs le gustan estéticamente aún no ha empezado a trabajar.

Es la manera en la que a nosotros nos gusta empezar. En Linkysoft preferimos abrir con un paso pequeño y pagado que vender un proyecto grande a un cliente que todavía no tiene claro qué necesita, entre otras cosas porque los proyectos que empiezan así casi nunca se tuercen en la semana ocho. Y con la automatización, la misma prudencia: un asistente que responda solo las preguntas repetidas de sus clientes es una excelente segunda fase, cuando ya hay tráfico y sabemos qué pregunta la gente, pero rara vez es una buena primera compra.

Señales de alarma por las que merece la pena levantarse de la mesa

Ninguna de estas señales es una sospecha vaga; todas describen algo que verá con sus propios ojos durante el proceso de selección.

  • Un presupuesto que llega en menos de una hora sin que le hayan preguntado nada sobre su negocio, sus clientes o lo que quiere conseguir.
  • Una garantía de primer puesto en Google, o la promesa de un número concreto de clientes nuevos.
  • Ningún enlace a trabajos recientes en funcionamiento, o enlaces que están caídos, lentos o claramente abandonados.
  • Prisa para firmar hoy por un descuento que caduca esta noche, que es una técnica de venta y no una oferta.
  • Negativa a poner por escrito el número de páginas, las rondas de cambios y la propiedad de lo que se construye.
  • El dominio registrado a nombre de ellos «para su comodidad», que es la frase exacta con la que empiezan la mayoría de los problemas de propiedad.
  • Un precio tan por debajo de todos los demás que la aritmética no cuadra, porque esa diferencia la acaba pagando alguien y normalmente es usted, en horas propias o en un rediseño anticipado.

Cómo elegiríamos nosotros si estuviéramos en su lado de la mesa

Toda esta decisión se puede reducir a tres movimientos. Primero, escriba en una línea qué tiene que ganar la web y qué vale para usted un cliente nuevo. Segundo, haga las cinco preguntas más duras de este artículo, empezando por quién hará el trabajo, qué no incluye el precio, quién escribe los textos, cuántas rondas de cambios entran y a nombre de quién queda el dominio. Y tercero, compre un paso pequeño y pagado antes del grande.

Vale la pena repetir la parte que nadie con algo que vender suele decir en voz alta: en muchos casos el proveedor más pequeño es la respuesta correcta, y un buen profesional independiente con 2.000 dólares puede dejarle mejor situado que una agencia con 12.000 si lo que necesita cabe ahí. El objetivo no es contratar la propuesta más impresionante ni el logotipo más elegante en la cabecera del documento, sino terminar con una web que se pague sola y que usted pueda mantener sin depender de nadie.

Si quiere una opinión franca sobre un presupuesto que ya tiene encima de la mesa, mándenoslo con lo que espera conseguir y le diremos con claridad qué compraría y qué no, incluso cuando la respuesta sea que le sobra proveedor para lo que necesita. En Linkysoft trabajamos así desde el principio, y puede escribirnos contándonos su caso en dos párrafos o leer antes cómo abordamos el diseño y la construcción de una web para saber si encajamos. Y si lo que tiene entre manos es una web que ya existe y se ha quedado corta, empiece por aquí antes de pedir precios: planificar un rediseño con la cabeza fría ahorra la mitad de las discusiones posteriores.

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